Por Ione Molinares, CNN en Español
“¡Mira cómo está el diésel!”, exclama Ana Acosta al ver los precios en el tablero de la entrada mientras entra a llenar el tanque de su camión a la estación de gasolina para camiones de carga en Allentown, Pensilvania. “¡A US$ 6 con 69! Ayer yo eché a 6 con 35 y hoy está a 6 con 69. O sea, mañana…. ¿Cómo va a ser?”.
Ana lleva 6 años manejando camiones de carga. Desde hace 2 meses conduce su propio camión. Lo llama “mi verdecito” y, con esta nueva responsabilidad, ahora es dueña de su tiempo y de su ganancia. Pero esa ganancia ha sido reducida por el alto precio del diésel a raíz de la guerra en Irán, un golpe que no puede evitar porque el consumo de diésel es, literalmente, lo que hace que su negocio se mueva.
Los altos precios del diésel están creando una fuerte presión en la economía estadounidense. En 2026 han aumentado entre 77% y 83%, y va en camino a ser el mayor incremento anual desde el 2000, según la Asociación de conductores (AAA, por sus siglas en inglés).
Ese combustible se usa en camiones, botes, algunos aviones, y en maquinaria para agricultura y construcción. Pero también es ampliamente utilizado en equipo militar como tanques, y en economías locales para transporte público, buses escolares, hospitales y generadores industriales. Con tal dependencia del diésel en EE.UU., es fácil imaginar el profundo impacto en toda la economía.
Ana va al mostrador de la estación de gasolina con rostro de preocupación, solo imaginando cuánto tendrá que pagar por llenar el tanque esta vez. Dice que ya ha tenido que pagar entre US$ 700 y US$ 800 recientemente, cuando hace solo meses llenaba con la mitad, o menos, el tanque del mismo tipo de camión que conducía cuando trabajaba para una empresa.
“El total… US$ 515, 74. UGHH, y eso que todavía tenía un cuarto de tanque lleno”, dice mirando el recibo y con cara de desilusión. Ana dice que eso era lo que se pagaban hace un tiempo por llenar camiones con dos tanques.
Pero es su nueva realidad.
Esta “troquera”, un anglicismo para describir a los “truck drivers” (conductores de camiones o “trocas”), se ha ganado el respeto de sus compañeros. “No fue fácil”, cuenta, porque no hay muchas mujeres en el ambiente. Pero dice que, pese a que le encanta su trabajo, tiene más aspiraciones, que por ahora están en un compás de espera, esperanzada en que las cosas cambien.
Ana reside en Allentown, la tercera ciudad más poblada de Pensilvania, un estado considerado “de batalla” porque no tiene una tendencia política clara. En unas elecciones favorece a los demócratas y en otras a los republicanos. En esta ciudad, más de la mitad de los residentes (56,3%) son hispanos, en su mayoría puertorriqueños y dominicanos. Aunque es fácil ver ecuatorianos, mexicanos y otras nacionalidades, con el toque caribeño, los acentos, la música y el estilo de los negocios que se destaca en las calles.
Ana llegó hace doce años de República Dominicana. Era contadora y tenía una pequeña empresa en la capital. Hace 12 años decidió mudarse a EE.UU, cerca de su madre, y desde hace 4 es ciudadana.
En 2024 pudo votar por primera vez y escogió a Donald Trump. “Yo siempre he sido más conservadora, aunque no sabía tanto de política”, dice Acosta y añade que es lo contrario a su madre, quien lleva décadas en Allentown y es una devota demócrata. Hasta el momento no había dudado de su decisión de 2024, pero eso comenzó a cambiar hace unos meses, cuando se independizó y tomó el riesgo, comprando su propio camión.
Dice que, cuando comenzaron a subir los precios del diésel a comienzos de año con el inicio de la guerra en Irán, no la golpeaba tanto porque era empleada. Pero hoy es diferente. “Se está comiendo la ganancia que yo puedo tener. Por los viajes están pagando un poquito más porque saben que el diésel está caro. Entonces, al estar tan caro y estar casi igual las cargas, el ingreso se nos se nos se nos cortó casi a la mitad”.
El precio del combustible es uno de los temas prioritarios para Ana en esta época electoral. Precisamente dice que ha hablado con mucha gente que siente que las cosas no están bien en una ciudad donde el voto hispano en Allentown puede ser decisivo para el futuro del control del congreso federal.
Esta ciudad hace parte del Distrito 7 de Pensilvania en la Cámara de Representantes federal. El republicano Ryan Mackenzie recibió el apoyo oficial de Trump en junio y está luchando por mantener el escaño. Mackenzie ganó el escaño por escasamente 1% en 2024. Y en 2026 es, de nuevo, una de las contiendas más apretadas de este ciclo, con el demócrata Bob Brooks esperanzado en recuperar el escaño que la oposición perdió en 2022.
Ana no está convencida de que Mackenzie deba mantener el escaño en Washington. Más bien cree que el demócrata Brooks puede por lo menos ser más efectivo en presionar por un cambio. Aunque nada le da certezas. “Tengo la incertidumbre de que cuando alguien quiere llegar a un puesto, no sé si dice la verdad”, dice.
Le llama la atención Brooks porque promete llegar a Washington a presionar por el fin de la guerra en Irán pronto. De hecho, insiste en que le molesta cuando el presidente dice que los altos precios de la gasolina son un mínimo dolor que los estadounidenses pueden pagar para evitar que ese país tenga un arma nuclear. “Yo solamente pienso, claro, es muy pequeño… tal vez para él porque no tiene “truck” (camión). Pero para nosotros no es nada pequeño porque ahí se va gran parte de lo que debería ir a nuestro bolsillo”.
Mientras sale de la estación de gasolina, Ana analiza que, como ella, muchos pensaban que las cosas con el expresidente Joe Biden no estaba bien. Pero dice que tal vez, si hubieran sabido cómo estarían ahora, la inconformidad con el mandatario demócrata hubiera sido menor.
Por ahora tendrá que respirar profundo y ver cómo sus ingresos se reducen. “Si usted ganaba US$ 1.000 en una carga… Ahora está ganando máximo… ¡Qué sé yo! US$ 700, US$ 600, porque el diésel se lo está comiendo todo. Y no sabemos cuándo o va a mejorar”, dice Ana mientras estaciona su camión, ya listo para cuando comience su próxima jornada.
Al llegar a su casa, prende la luz de la cocina y comienza a grabar “cortos” para sus redes sociales, en donde es “la dulce troquera”. Allí comparte pensamientos y recetas de su querida República Dominicana.
Su creatividad en las redes le ha ayudado a desarrollar otro pequeño negocio de pasteles y dulces pedidos a domicilio. “Señores, voy a preparar chulada dominicana: tostones con huevo frito y salami”.
Casi no habla de política en las redes, pero tiene en mente el 3 de noviembre. “Yo estoy, vamos a poner, 85 % segura de que mi voto este año, por lo menos ahora, no va a ser por el partido por el cual voté anteriormente. Porque es que (los republicanos) no me proponen nada diferente”, asegura.
Ya son pasadas las 7 de la noche. Es hora de descansar porque en los próximos días tendrá un intenso turno. Ana mira su casa y se siente satisfecha por haber salido adelante en estos años, pero reconoce que vive con la ansiedad de que el costo de vida cambie su futuro. “Yo sé que nada va a ser rápido, porque la cosa como está muy dañada, hay que ir recuperando poco a poco”.
Y por eso está convencida de que tendrá que darle tiempo y el beneficio de la duda al candidato demócrata, pero ve la necesidad de un cambio, molesta por lo que considera la “falta de empatía” del Gobierno de Trump y de su partido. “Tenemos que esperar obligatoriamente a que se solucione la guerra, porque no tenemos opción. Pero, ¿hasta cuándo?”.
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